La librería «Amapolas en octubre» nació en las páginas de mi primera novela, cuando todavía me atrevía a dar vida a los sueños solo en la ficción. Los primeros lectores, al margen de los amigos y la familia, se animaron a regresar después de su primera visita, a pesar de los pocos libros que había en las estanterías, y muchos de ellos se quedaron hasta el día de la despedida definitiva. Con el paso de los años, entre todos convirtieron la librería en un hogar literario. Un lugar en el que, como dice la canción, «todo el mundo conocía su nombre», y en el que cada día resultaba distinto al anterior: una conversación inesperada, un libro recomendado en el momento preciso, un encuentro con un autor o un futuro amigo o una historia para recordar en cada visita.
«La magia de Amapolas», lo llamaban.
La literatura era en realidad una excusa para encontrarnos y conversar acerca de la vida y de cómo nos gustaba entender el mundo desde otras miradas.
Cuando anuncié el cierre de la librería, estaba convencida de que esa etapa de mi vida había llegado a su fin. No tenía otro proyecto preparado ni sabía cuál sería el siguiente paso ni hacia dónde debía seguir caminando. Mi única ilusión era parar y prepararme antes de abrir la puerta a nuevas aventuras. Pero qué importan los planes que hagamos si la vida siempre va a un paso por delante de nosotros.
Y así fue como ocurrió, durante los días que se alargó la despedida, cuando empecé a comprender que había algo mucho más grande que el espacio físico en el que estaba la librería, algo que, por mucho que yo me empeñara, no terminaría con el cierre. No debía terminar con el cierre.
Muchos fueron testigos de lo que viví durante las últimas semanas de la historia de «Amapolas en octubre», pero pocos saben lo que sentí aquellos días y los que siguieron. Y ese sentimiento inesperado fue lo que me hizo mirar de otra manera la realidad de la que intentaba despegarme, esa que había creado a lo largo de los años. Entendí que no se trataba solo de los libros, de los encuentros o del espacio de la calle Pelayo. No se trataba solo de mí ni del trabajo que habíamos hecho como libreras. Eran ellos, los amapolers, las personas que habían convertido las visitas a aquel lugar en una rutina de sus vidas.
Y así nació una comunidad que ya no necesitaba cuatro paredes para existir.
Tan pronto fui consciente de ello, las ideas empezaron a aparecer en mi imaginación. Encontré un nuevo hogar para los miembros de los clubes de lectura y prometí a los lectores que las recomendaciones continuarían, sin tener muy claro cómo iba a cumplir mi promesa.
La Comunidad Amapolas nace para dar cobijo a los que se quedaron a mi vera, a pesar de la despedida, y para seguir haciendo lo que llevamos años haciendo juntos: hablar de literatura, recomendar libros, descubrir autores y compartir historias.
Empieza una nueva etapa. Aquí compartiré mis lecturas y recomendaciones, los lugares que descubro en mis viajes, rincones literarios, historias de escritores y librerías, mis proyectos como autora y todas aquellas cosas que encuentre por el camino y crea que merecen la pena contar. Y, por supuesto, cualquier locura que se me ocurra crear para que la literatura siga haciendo que nuestras vidas mejoren.
No pretendo llenar el vacío que la librería dejó en nuestras vidas. «Amapolas en octubre» bien merece tener su recuerdo único. Pero gracias a que aquella historia existió, ahora puedo escribir el siguiente capítulo.
Prometí a algunos lectores que volveríamos a encontrarnos. Estoy aquí.
Y en este instante empieza a escribirse el primer capítulo de la Comunidad Amapolas.
Me alegro de volver a veros.
Laura Riñón Sirera